PAÍS POR PAÍS: Australia, el continente que desafía todas las categorías

Australia desafía todas las categorías. Es la civilización humana más antigua y uno de los Estados-nación más jóvenes. Un continente construido sobre 65.000 años de cultura aborigen, nacido como colonia penitenciaria y convertido en una de las sociedades más diversas del planeta.

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Imagen: Adobe Stock

Por PAD | Sección Geografías | País por país

Hay países que se explican con relativa facilidad. Tienen una historia más o menos lineal, una cultura que se puede rastrear en unos pocos siglos, un paisaje que encaja en alguna categoría conocida. Australia no es ninguna de esas cosas. Australia es una anomalía planetaria, y esa anomalía es exactamente lo que la hace fascinante.

Empecemos por el principio. El principio de verdad.

La civilización que el mundo ignoró durante siglos

Cuando los primeros barcos británicos llegaron a la costa este de Australia en 1788, «descubrieron» un continente que ya llevaba habitado al menos 65.000 años. Los pueblos aborígenes y los isleños del Estrecho de Torres sostienen la civilización continua más antigua documentada en la historia humana. Para ponerlo en perspectiva: cuando estos pueblos ya llevaban milenios desarrollando lenguas, cosmologías y sistemas de conocimiento del territorio, las pirámides de Egipto todavía faltaban 40.000 años para construirse.

Lámina n.º XV de: Bocetos en Australia y las islas adyacentes / por Harden S. Melville. Inscripción: «Nativos de Port Philip» – Impresa debajo de la imagen.

Pero lo verdaderamente extraordinario no es la antigüedad en sí, sino lo que esa antigüedad contiene. La relación de los pueblos originarios australianos con el territorio no responde a ninguna lógica occidental. La tierra no se posee, no se administra, no se explota como recurso. Se pertenece a ella. El vínculo es espiritual, genealógico y cosmológico al mismo tiempo.

El concepto que en inglés se traduce como Dreamtime —el Tiempo del Sueño— es quizás uno de los marcos filosóficos más radicalmente distintos a todo lo que produjo el pensamiento europeo. No es mitología en el sentido griego ni religión en el sentido abrahámico. Es una comprensión del tiempo en la que la creación del universo, el pasado ancestral y el presente cotidiano no son etapas sucesivas sino dimensiones simultáneas. El mundo fue cantado a la existencia por los seres ancestrales, y esas canciones —los llamados songlines— son literalmente mapas: rutas invisibles que atraviesan el continente y que los pueblos originarios recorren y cantan para mantener vivo el mundo.

El arte aborigen, con sus patrones de puntos, líneas y formas geométricas que hoy decoran galerías de todo el planeta, no es ornamento. Es escritura. Es cartografía espiritual. Es memoria colectiva codificada en formas que solo quien conoce los códigos puede leer del todo.

Un país nacido del castigo

Sobre esa civilización antiquísima, los británicos del siglo XVIII construyeron algo completamente distinto: una colonia penitenciaria. Australia no nació como un proyecto de colonización religiosa, ni como una aventura comercial, ni como la extensión de un imperio con pretensiones de grandeza local. Nació como un depósito de personas que la metrópoli no sabía dónde poner.

Cuadro de E. Phillips Fox que representa el desembarco del teniente James Cook, de la Marina Real, en Botany Bay, el 29 de abril de 1770.

Ese origen marcó a fuego —y la expresión aquí es casi literal, dado el clima— la identidad cultural australiana. De esa historia surge una desconfianza profunda hacia la autoridad formal, una ética igualitaria que se toma en serio, y un sentido del humor que combina la autoburla con la irreverencia. En Australia existe un fenómeno cultural que los propios australianos llaman tall poppy syndrome: la tendencia colectiva a desconfiar de quien se cree superior, a bajarle el precio a quien se pone en un pedestal. No es exactamente lo contrario al elitismo europeo, pero se le parece bastante.

El australiano típico —en la medida en que tal cosa existe— es informalmente igualitario, pragmático, con un humor seco y descarnado que a menudo desconcierta a quienes vienen de culturas más formales. Y al mismo tiempo carga con una historia colonial de una brutalidad que todavía hoy genera debates sociales sin resolver, porque la deuda con los pueblos originarios permanece abierta.

El aislamiento que creó un mundo aparte

Australia estuvo separada del resto de los grandes continentes durante decenas de millones de años. Eso tuvo consecuencias biológicas que no tienen equivalente en ningún otro lugar del planeta. Canguros, koalas, wombats, equidnas, ornitorrincos, diábolos de Tasmania: animales que evolucionaron en un laboratorio natural cerrado, siguiendo caminos evolutivos que no existen en ningún otro ecosistema.

El ornitorrinco, en particular, es casi una broma del universo: es un mamífero que pone huevos, tiene pico de pato, cola de castor, patas de nutria, y los machos tienen espolones venenosos en las patas traseras. Cuando los primeros especímenes llegaron a Inglaterra a fines del siglo XVIII, los científicos europeos pensaron que se trataba de una falsificación.

Esa excepcionalidad biológica no es un detalle turístico. Es parte central de la identidad cultural australiana. Los australianos conviven cotidianamente con una naturaleza que es extraordinariamente bella y, al mismo tiempo, potencialmente letal. No es solo una frase: Australia tiene algunas de las serpientes, arañas y medusas más peligrosas del mundo. La relación con ese entorno genera una cultura particular, una mezcla de admiración, respeto y humor ante lo que en otros contextos sería directamente terror.

Y después está el outback. Ese interior árido, polvoriento e inmenso que ocupa la mayor parte del continente y que la gran mayoría de los australianos nunca visita pero que opera como elemento mítico en el imaginario colectivo. El outback es el vacío que los define. Es el desierto al que muy pocos van pero que todos sienten como parte de lo que son. Uluru —la enorme roca sagrada en el centro del continente, cambiante de color según la hora y la luz— es tanto un lugar geográfico como un símbolo de todo lo que Australia tiene de incomprensible para el ojo extranjero.

La paradoja multicultural

Australia tiene uno de los porcentajes más altos del mundo de población nacida fuera del país. Es una sociedad donde conviven comunidades chinas, vietnamitas, griegas, italianas, libanesas, indias, latinoamericanas y de decenas de otras procedencias, y donde esa convivencia es, en términos generales, parte aceptada y celebrada de la vida cotidiana.

Horizonte de Sídney visto desde el zoológico de Taronga. (Adobe Stock)

Pero esa apertura coexiste con una historia que la contradice directamente. La White Australia Policy fue una política migratoria explícitamente racista vigente desde la federación del país, en 1901, hasta bien entrados los años setenta del siglo XX. Y antes de eso, los pueblos originarios fueron sometidos a un proceso de despojo, desplazamiento y violencia sistemática que incluyó la separación forzada de niños de sus familias —los llamados Stolen Generations, las Generaciones Robadas— hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX.

Esa tensión entre el multiculturalismo festivo y las deudas históricas no saldadas es uno de los ejes centrales de la conversación cultural australiana contemporánea. No es una contradicción resuelta. Es una contradicción viva, en proceso, que define mucho de lo que Australia es hoy.

Una cultura que el mundo consume sin saber de dónde viene

Australia también exportó al mundo una cantidad notable de cultura popular que frecuentemente no reconocemos como australiana. AC/DC, Nick Cave, INXS, Kylie Minogue. Cate Blanchett, Hugh Jackman, Nicole Kidman. El cine de George Miller, que con Mad Max creó un género entero a partir del paisaje y la violencia latente del continente. La Ópera de Sídney, diseñada por el danés Jørn Utzon pero convertida en uno de los iconos arquitectónicos más reconocibles del siglo XX.

En literatura, Patrick White se convirtió en 1973 en el primer australiano en ganar el Premio Nobel, con una obra que exploró el desarraigo, la soledad y la búsqueda de sentido en un continente que todavía estaba aprendiendo a mirarse a sí mismo. Después vinieron escritoras como Kate Grenville, que abordó la culpa colonial con una honestidad que pocas literaturas nacionales se permiten.

El continente que todavía se está pensando

Lo que hace verdaderamente única a Australia no es un rasgo aislado sino la imposibilidad de reducirla a una sola historia. Es simultáneamente la civilización humana más antigua y uno de los Estados-nación más jóvenes. Es un país de inmigrantes construido sobre el despojo de quienes estaban antes. Es una sociedad informal y desconfiada del elitismo que produce artistas y científicos de proyección global. Es un continente con una naturaleza de belleza extrema y peligros reales, atravesado por un desierto que casi nadie visita pero que todos sienten como el corazón del asunto.

Australia se está pensando todavía. Está en el proceso —lento, conflictivo, necesario— de integrar sus múltiples historias en algo que pueda llamarse identidad. Eso, en sí mismo, la hace un lugar fascinante para observar.


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