El océano en fiebre: cuando el termostato del planeta empieza a fallar

En 2025, los océanos alcanzaron temperaturas récord y el costo económico de su degradación casi duplica el precio global del carbono. El calentamiento marino acelera fenómenos extremos, afecta la biodiversidad y expone el verdadero “coste azul” que todavía no aparece en muchos balances económicos.

CALENTAMIENTO_OCEANOS

En 2025, las temperaturas oceánicas volvieron a romper récords. No es una metáfora alarmista: es física pura. El 14 de enero, la Organización Meteorológica Mundial confirmó que los últimos 11 años han sido los más cálidos jamás registrados, y que el calentamiento de los océanos avanza a un ritmo inquietante.

Aun con el efecto refrescante de La Niña, 2025 terminó como el tercer año más caluroso de la historia instrumental. Solo en los últimos doce meses, los océanos absorbieron aproximadamente 23 ± 8 zettajulios adicionales de energía. Para dimensionarlo: eso equivale a unas 200 veces la generación eléctrica mundial de 2024. No es una cifra simbólica; es acumulación térmica real.

El verdadero depósito del calentamiento global

Cerca del 90 % del exceso de calor generado por el cambio climático termina en los océanos. Por eso, como afirmó el científico John Abraham, “el calentamiento global es el calentamiento de los océanos”. Y el climatólogo Zeke Hausfather los describió como “el termostato más fiable del planeta”.

Cuando ese termostato se recalienta, todo el sistema responde.

Según la OMM, alrededor del 33 % de la superficie oceánica estuvo entre las tres condiciones más cálidas jamás observadas para sus ecosistemas, y el 57 % entre las cinco más cálidas. Zonas como el Atlántico tropical y sur, el Mediterráneo, el Índico norte y los océanos australes mostraron anomalías significativas.

Qué significa que el océano se caliente

No es solo agua más tibia.

El calentamiento reduce la capacidad del océano para retener oxígeno, esencial para la vida marina. A la vez, el exceso de dióxido de carbono provoca acidificación, alterando la fisiología de numerosas especies. El resultado: blanqueamiento masivo de arrecifes, colapso de praderas marinas, retroceso de bosques de algas y caída de pesquerías.

Eso impacta directamente en la biodiversidad y en las economías humanas.

Además, el agua más caliente alimenta tormentas más intensas, acelera el aumento del nivel del mar y agrava inundaciones y erosión costera. Millones de personas que viven en zonas bajas quedan expuestas a riesgos crecientes.

El “coste azul” que no aparece en los balances

Un estudio del Instituto Scripps de Oceanografía, liderado por el economista ambiental Bernardo Bastien-Olvera, puso números donde antes había vacío contable.

Tradicionalmente, el coste social del carbono se estimaba en unos 51 dólares por tonelada de CO₂. Al incorporar los daños oceánicos —colapso pesquero, pérdida de protección costera, degradación de ecosistemas— el costo asciende a 97,2 dólares por tonelada, un aumento del 91 %.

Con emisiones globales cercanas a 41.600 millones de toneladas en 2024, eso implica pérdidas relacionadas con el océano de casi dos billones de dólares en un solo año. Y muchas de esas pérdidas no son estrictamente “de mercado”: incluyen valores culturales, recreativos y nutricionales que rara vez se contabilizan.

Para 2100, solo los daños de mercado asociados a la degradación oceánica podrían alcanzar 1,66 billones de dólares anuales.

El problema es claro: si no se pone precio al daño, queda invisibilizado en la toma de decisiones.

Respuestas y controversias

La presión internacional crece. La Organización de las Naciones Unidas insiste en cumplir los compromisos del Acuerdo de París. Iniciativas como el Sistema Mundial de Observación de los Océanos (GOOS) y el Tratado de Alta Mar buscan fortalecer la vigilancia y la protección de la biodiversidad marina.

Al mismo tiempo, surgen propuestas más experimentales. A fines de 2025, el científico marino Adam Subhas vertió 16.200 galones de hidróxido de sodio en el océano para intentar neutralizar la acidificación. El experimento es controvertido y está en fase inicial, pero refleja algo evidente: la urgencia está empujando a explorar soluciones no convencionales.

La variable humana

El océano no vota, no negocia y no opina. Absorbe calor hasta que cambia su dinámica. Y cuando cambia, cambia todo.

La mayor incertidumbre climática —como señaló Abraham— no está en los modelos físicos, sino en las decisiones humanas. Reducir emisiones, acelerar la transición energética, proteger ecosistemas marinos y reformular los incentivos económicos no son consignas abstractas: son variables medibles.

El océano es el gran amortiguador del planeta.
Pero ningún amortiguador es infinito.

La pregunta ya no es si el termostato está marcando fiebre.
La pregunta es cuánto más vamos a dejar que suba antes de actuar en serio.

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