Jean-Henri Dunant: el hombre que le puso nombre a la compasión
En 1859, Jean-Henri Dunant llegó a Solferino buscando hablar de negocios y encontró la batalla más sangrienta del siglo. Sin formación médica ni militar, se quedó a socorrer a los heridos. De esa experiencia nació la Cruz Roja y el derecho humanitario moderno.
Hay personas que cambian el mundo casi por accidente. Dunant era uno de ellos.
Un testigo que no pudo quedarse callado
El 24 de junio de 1859, Jean-Henri Dunant llegó a los alrededores de Solferino, en el norte de Italia, buscando hablar con Napoleón III sobre unos negocios en Argelia. Lo que encontró fue otra cosa: la batalla más sangrienta de todo el siglo XIX, con más de 40.000 muertos y heridos desparramados por los campos en menos de un día de combate.
Dunant tenía 31 años, era un empresario suizo de Ginebra, y no tenía ninguna formación médica ni militar. Pero en lugar de darse vuelta y volver a casa, se quedó. Organizó a los civiles de los pueblos vecinos para atender a los heridos, consiguió suministros, coordinó socorro para soldados de ambos bandos —austriacos y franceses por igual— bajo la idea simple de que el sufrimiento no tiene uniforme.
Esa experiencia lo marcó de por vida.
Un libro que movió montañas
De vuelta en Ginebra, Dunant escribió Recuerdo de Solferino (1862), un relato descarnado de lo que había vivido. No era un panfleto político ni un texto técnico: era casi literatura, con imágenes brutales y una pregunta central que le hacía a sus lectores: ¿no se podría hacer algo?
El libro circuló entre las élites europeas y tuvo un efecto inmediato. En 1863, junto a cuatro ginebrinos más —entre ellos el abogado Gustave Moynier—, fundó el Comité Internacional de Socorro a los Militares Heridos, que con el tiempo se convertiría en el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR).
Al año siguiente, en 1864, se firmó la Primera Convención de Ginebra, el primer tratado internacional moderno de derecho humanitario. Los hospitales de campaña y el personal médico quedarían protegidos por ley. La Cruz Roja —emblema inverso a la bandera suiza, en homenaje al país de origen— se convertiría en el símbolo de esa protección.
La caída y el olvido
Lo que pocos saben es que Dunant no tuvo un final glorioso —al menos, no de inmediato.
Sus compromisos humanitarios lo distrajeron de sus negocios, que fueron mal. Quebró, perdió su reputación en Ginebra, fue expulsado de la organización que él mismo había fundado tras un conflicto con Moynier, y pasó años en la indigencia. Vivió en hoteles baratos, en pensiones de mala muerte, prácticamente olvidado por el mundo que había ayudado a construir.
Durante casi dos décadas, nadie sabía bien dónde estaba.
El redescubrimiento y el Nobel
En 1895, un periodista suizo lo encontró en un pequeño hospital de Heiden, un pueblo tranquilo del cantón de Appenzell. Dunant tenía 67 años, vivía con la ayuda de unas pocas personas caritativas, y seguía pensando en proyectos humanitarios.
La nota del periodista desencadenó una ola de reconocimiento tardío. Cartas, premios, homenajes llegaron de toda Europa. Y en 1901, cuando se entregó el primer Premio Nobel de la Paz de la historia, lo compartió entre Dunant y el pacifista Frédéric Passy.
Dunant donó casi todo el dinero del premio a obras de beneficencia.
Murió en 1910, a los 82 años, en ese mismo hospital donde lo habían encontrado. No quiso un funeral ni una procesión. Pidió que lo enterraran «como un perro», en silencio.
Lo que dejó
Hoy el 8 de mayo, fecha de su nacimiento, es el Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. El movimiento que fundó tiene presencia en casi todos los países del planeta y es una de las organizaciones humanitarias más grandes de la historia.
Dunant no era médico, ni político, ni militar. Era un hombre que vio algo insoportable y decidió que había que hacer algo al respecto. A veces, eso es suficiente para cambiar el mundo.
