Anthony Hopkins debuta como compositor a los 88 años con un álbum sobre su infancia en Gales

A los 88 años, Anthony Hopkins debuta como compositor con Life Is a Dream, un álbum sobre su infancia en Gales dirigido por Gustavo Dudamel, que sale el 21 de agosto por Decca Records.

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Anthony Hopkins en el Red Sea Festival 2025 (Autor: Omar David Sandoval Sida)

Sir Anthony Hopkins tiene 88 años, un Oscar, décadas de carrera y, según cuenta él mismo, un síndrome del impostor que todavía lo visita. «Hay una parte de mí que me dice: ‘vos no escribiste eso'», confesó sobre Life Is a Dream, su álbum debut como compositor, que sale el 21 de agosto por Decca Records.

Doce composiciones, seis décadas de trabajo acumulado y una orquesta de primer nivel: la Philharmonia, dirigida nada menos que por Gustavo Dudamel, grabada en abril en el Alexandra Palace de Londres. Para alguien que lleva toda una vida actuando, el disco es la confirmación pública de algo que Hopkins sostiene desde chico: la música fue siempre su primer amor.

Un pianista antes que actor

Hopkins empezó a tocar el piano a los 4 años. Compuso su primera pieza, un vals, en 1960, cuando tenía 22. Y aunque terminó dedicando su vida a la actuación, nunca dejó el instrumento del todo. «Siento más libertad con la música», dice, comparándola con la actuación, a la que describe como una disciplina que exige dominar el oficio. La composición, en cambio, la vive como una forma de arte «mucho más libre».

Esa faceta ya se había asomado antes. Hopkins compuso la banda sonora de Shadowlands (1993), la película donde interpretó a C.S. Lewis, y después firmó la música de August (1996), Slipstream (2007) y Elyse (2020), films en los que también actuó y dirigió.

Un álbum sobre la infancia y la despedida

Life Is a Dream comparte título con la obra de Calderón de la Barca, La vida es sueño, y según Hopkins funciona como un mapa de sus propios recuerdos: la infancia en Gales, la adolescencia, el crecimiento personal. Pero hay algo más de fondo.

«Hay una gran tristeza en todo esto», admite, «porque en el fondo está la certeza de que la vida es una larga despedida. Desde el momento en que nacemos, empezamos a morir». Y se ríe de sí mismo: «¡Suena tan alegre!».

Esa mezcla de melancolía y aceptación atraviesa el primer sencillo, «1947: Suite para piano solo y orquesta: II. Bracken Road», parte de una suite en tres movimientos sobre un verano particular en el sur de Gales. Hopkins la describe como «el sonido reconfortante de la nostalgia, del extraño y caprichoso dolor de la vida». Para él, toda la música nace del dolor y el anhelo, aunque reconoce que suena «bastante absurdo» dicho así.

Otra pieza, «Stella Aria», lleva el nombre de su esposa, la directora y actriz Stella Hopkins, y aborda «la soledad que todos llevamos dentro» como parte de un recorrido hacia la felicidad plena.

Setenta años después, mirar para atrás

El disco llega poco después de la publicación de sus memorias, We Did OK, Kid, el otoño pasado. Hopkins, que cumple 89 a fin de año, admite que mirar hacia atrás lo deja perplejo: «Desde el momento en que decidí ser actor, hace 70 años, pensé: ‘¿por qué lo hice?’. No lo sabía, porque era bastante inútil en la escuela. No sabía qué más hacer». Terminó siendo actor en lugar de músico, y de ahí en más, dice, «una fuerza de la naturaleza me dio un éxito rotundo».

Sobre la muerte, que sobrevuela buena parte del álbum, es igual de directo: «No le temo. Simplemente estoy muy agradecido de haber vivido tanto tiempo».

El cruce con Dudamel

El proyecto se destrabó por una casualidad digna de guion: fue Bradley Cooper quien conectó a Hopkins con Dudamel, después de haber escuchado una composición suya interpretada años antes por la Orquesta Sinfónica de Birmingham. Dudamel se sumó al proyecto sin dudarlo.

Aun así, el propio Hopkins llegó a dudar en pleno estudio de grabación: «Estaba sentado ahí pensando: ‘¿cómo demonios escribí esto? No tengo ni idea'». Dudamel, dice, respondió que la obra era maravillosa. «Es una de las personas más asombrosas que conocí. Está lleno de vida, energía y amor».

El propio director sumó su elogio en un comunicado: «Anthony aborda la música con el corazón de un narrador y el instinto de un poeta, crea mundos sonoros profundamente personales y a la vez universalmente conmovedores».

El sueño pendiente: el Carnegie Hall

Con el álbum todavía sin estrenar, ya asoma la próxima meta: tocar en vivo. Y el destino elegido no es casual. «Ahí es donde quiero ir. Eso es lo que quiero», dice sobre el Carnegie Hall.

La conexión viene de lejos: la película Carnegie Hall (1947) marcó su infancia, y todavía recuerda a su madre diciéndole: «Algún día vas a tocar en el Carnegie Hall». Ocho décadas después, ese sueño sigue ahí, esperando su turno junto a los demás.


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