Björk y Groenlandia: un llamado incómodo a descolonizar el presente
Björk llamó públicamente a Groenlandia a independizarse de Dinamarca, denunciando prácticas coloniales persistentes, desde la anticoncepción forzada hasta la separación de familias. Su mensaje reabre un debate incómodo sobre colonialismo, autodeterminación y el riesgo de nuevas dominaciones.
No es habitual que una figura del pop global intervenga de forma tan directa en un debate geopolítico sensible. Björk lo hizo. Y no con metáforas etéreas ni ambigüedades artísticas, sino con palabras claras: instó públicamente a Groenlandia a avanzar hacia su independencia de Dinamarca, siguiendo el camino que Islandia tomó en 1944.
La artista islandesa apeló a una experiencia histórica concreta. Islandia fue colonia danesa durante siglos y, tras separarse formalmente en plena Segunda Guerra Mundial, preservó su lengua, su identidad cultural y su autodeterminación política. Björk lo expresó sin rodeos: de no haberse independizado, hoy sus hijos probablemente hablarían danés. El comentario, simple en apariencia, toca una fibra profunda: la lengua como campo de batalla del colonialismo.
El colonialismo que no terminó
El mensaje de Björk no se limitó a una reivindicación simbólica. Apuntó a hechos concretos, incómodos y documentados. Recordó la demanda presentada en 2024 contra el Estado danés por mujeres groenlandesas que denunciaron haber sido sometidas, cuando eran niñas, a la implantación forzada de dispositivos intrauterinos. Entre 1966 y 1970, unas 4.500 menores —algunas de apenas 12 años— recibieron DIU sin consentimiento ni información, en una política de control poblacional que hoy resulta difícil de calificar con eufemismos.
Las consecuencias no fueron abstractas: muchas de esas mujeres no pudieron tener hijos. No se trata de errores administrativos ni de “contextos históricos”, sino de cuerpos intervenidos por decisión estatal. Björk subrayó que varias de las afectadas son contemporáneas suyas, lo que rompe cualquier intento de encerrar el episodio en un pasado lejano y superado.
Ciudadanos de segunda clase
La cantante también denunció otras prácticas persistentes del Estado danés hacia Groenlandia. Mencionó la separación sistemática de niños groenlandeses de sus familias, amparada durante años en las llamadas “pruebas de competencia parental”. Estos exámenes, aplicados con criterios culturales ajenos a la realidad inuit, derivaron en la ruptura de numerosos vínculos familiares. Recién en mayo de 2025 esta política fue prohibida.
El trasfondo es claro: una lógica colonial que evalúa, clasifica y decide desde afuera, tratando a una población entera como si necesitara tutela permanente. Björk fue directa al calificar a los groenlandeses como tratados históricamente como “seres humanos de segunda clase”.
Entre dos colonizadores
El cierre de su mensaje añadió una capa más de tensión. Björk expresó su temor a que Groenlandia pase “de un cruel colonizador a otro”, en una alusión transparente al interés estratégico de Estados Unidos sobre la isla, clave por su ubicación y recursos. La advertencia no es ingenua: la independencia no garantiza automáticamente soberanía real si el vacío de poder se llena con nuevas formas de dominación.
En ese sentido, su llamado no es solo político sino ético. No propone un cambio de amo, sino la posibilidad —difícil, compleja, pero necesaria— de autodeterminación genuina.
Una voz incómoda, pero necesaria
Que estas palabras provengan de una artista y no de un canciller dice mucho sobre el estado del debate global. Björk no habla en nombre de Groenlandia, pero tampoco habla desde la ignorancia. Su intervención expone una incomodidad que suele quedar fuera del discurso oficial europeo: el colonialismo no es un capítulo cerrado, sino una estructura que sigue operando, a veces con trajes más prolijos y lenguaje burocrático.
Puede gustar o no su postura. Pero ignorarla sería, una vez más, una forma de silenciamiento. Y de eso, Groenlandia ya tiene demasiada experiencia.
